“Me levanté para abrir la puerta de la habitación, pero no había llamado nadie, eran los B52”

esteveTengo 36 años y nací en Terrassa. Vivo en Jerusalén y soy corresponsal de guerra en Oriente próximo para TV3. De tres hermanos, Ana, la mediana, también era reportera. Me introdujo en el mundo del periodismo y siempre la llevo en mi corazón.

AMOR
Le avisaron que tenía el visado para irse a Bagdad y fue directo al estanco: “¡Hacía sólo tres o cuatro días que había dejado de fumar!” exclama sonriendo. Llegó a Jerusalén quince días antes que cayesen las torres gemelas.

El Premio Ortega Gasset se ha entregado este año, por su labor informativa, a los periodistas que cubrieron la guerra de Irak. Junto a Esteve Soler, estaban los antiguos compañeros de profesión de su hermana. La emoción fue incontenible. Ana fue corresponsal en la guerra del Golfo y nunca nadie hubiera podido imaginar que su hermano seguiría tan rápidamente sus pasos.

Este intrépido reportero, además de informar del conflicto, escribió bajo las bombas de la guerra durante las noches de insomnio “Llàgrimes per la Násser” (Planeta). El libro narra la experiencia del periodista en Oriente Próximo y las circunstancias en las que conoció a Násser, una niña de cinco años enferma de cáncer. La idea nació a raíz de un reportaje que el periodista realizó con sus compañeros de trabajo en la sección de oncología infantil de un hospital de Bagdad: “lo más gratificante que me ha pasado en mi carrera profesional fue saber que, después de emitir el reportaje por tv3, habían llamado uno o dos espectadores para ofrecer dinero para aquél hospital. Y es entonces cuando dices ¡bien! Mi trabajo sirve para algo”. Eso es amor a la profesión.

Su hermana Ana estaría orgullosa de usted.
Nunca tanto como yo lo estoy de haber sido su hermano. Cubrir la crisis de Irak ha sido sin duda lo mejor que he hecho profesional y personalmente. Ana dio sentido a mi vida y el cáncer me la arrebató. Ella me convenció para ir a Madrid a estudiar un curso de imagen y sonido durante tres meses, ¡pero me quedé dos años! Descubrí una nueva vida ¡y me encantaba!

Empezó cubriendo atentados…
Sí. Mi primera aparición delante de la cámara fue desde San Sebastián, aún me acuerdo de la cantidad de vino que tuve que beber a la hora de comer para que me saliera bien!… Yo siempre decía que sí, ¿sabe? Este trabajo es un privilegio absoluto, te enamora y te
engancha.

¿Por qué se ha especializado en la guerra? ¡No me diga que le gusta!
No en absoluto. Si en Bagdad no hubiera podido emitir y contar lo que pasaba, me hubiese ido. Yo no tengo porque jugarme la vida por gusto. Simplemente es mi trabajo.
¿Cuál es la actitud que adopta el periodista frente a las desgracias ajenas?
Los periodistas, cuando estamos filmando estas imágenes, ¡no podemos ir más allá! Puedes dejar la cámara en el suelo y ayudar pero debes cumplir con tu trabajo y luego debes irte. Aunque a veces se te cae la coraza.

¿Y entonces?
Lloras. Me ha pasado dos veces. Una en Albania, un pueblecito en la frontera con Kosovo. Los serbios estaban haciendo limpieza étnica y los refugiados llegaban a montones a un pueblecito que se llamaba Kukes, a pie, en tractor, en coches… daban miedo… Vimos un niño de unos seis años, vestido muy sencillo con un gorro que le tapaba las orejas. Lloraba muchísimo en medio de la plaza del pueblo. El crío se llamaba Democracia. Me empezaron a caer las lágrimas mientras lo estaba filmando…

¿Cuál fue su reacción?
Cuando consideré que ya teníamos suficientes imágenes para simbolizar lo que estaba sucediendo, lo intentamos ayudar, pero no dejaba de gritar. De repente paró en seco, giramos la cabeza y vimos como se acercaban un señor mayor y una mujer. Eran su madre y su abuelo… ¡Aquel momento! Me emociono ahora cuando lo pienso, lloraba hasta la cámara…

Hubo una segunda vez…
Sí. Estábamos haciendo un reportaje sobre el uranio empobrecido en Bagdad. Los mísiles y proyectiles de este material, una vez disparados, perforan la superficie de cualquier material y explotan dentro de su objetivo. Desde la guerra del golfo han estado bombardeando la zona con esas armas siempre que les ha venido en gana y el índice de leucemias y de cánceres a aumentado de forma espectacular. Fuimos a un hospital a la planta de Oncología infantil. No podían administrar las dosis necesarias de quimioterapia a los niños, y eso les aseguraba la muerte.

La cámara lo protegía de la desgracia…
Sí. Lo peor fue dejar a los niños jugar con el visor. Teníamos la intención de distraerlos… pero actuó como un espejo, y al verse reflejados en él, enfermos y con la cabeza rapada, rompían a llorar.. . Tuve que irme a otra habitación a llorar yo también… Nos enamoramos de la niña más pequeña. Se llamaba Násser y tenía cinco años. Medio avergonzada, medio curiosa mirando la cámara y jugando con ella le arrancamos una sonrisa. Esa sonrisa hipotecaba cualquier argumento para empezar aquella invasión.

¿Los beneficios son para el hospital?
No, desgraciadamente, tal y como estaban las cosas no había garantías que esa ayuda fuese a parar directamente allí. Decidí que todas las ganancias del libro fuesen a parar a Manos Unidas una ONG que me merece suficiente confianza.

¿Cuáles no merecen su confianza?
No diré nombres, pero en Kisnereka, Kosovo, he visto gente de ONG ‘s paseándose con los cuatro por cuatro último modelo por los campos de refugiados… es una imagen dantesca.

¿Cuál ha sido su mayor recompensa?
Me ha hecho muchísima ilusión poderle dedicar el libro “Llàgrimes per la Násser” a mi hermana, y que al menos esto haya servido para alguna cosa. Es lo mejor de haber vuelto a Barcelona tras esta crisis.

Muchos periodistas volvieron cuando empezó la guerra…
La mayoría se quedaron aunque periodistas ya experimentados y reconocidos se iban. Yo pensaba “¡A ver si la estás cagando!” Pero llega un punto que es tan peligroso quedarse como irse. Las carreteras ya no eran seguras.

El momento en que empezaron los bombardeos debió ser escalofriante.
La noche del 19 de marzo celebrábamos el aniversario de un periodista de la agencia Reuters. Estábamos muy nerviosos porque se acababa el ultimátum y no sabíamos lo que iba a suceder. Al llegar al hotel, mi compañero y yo nos tiramos en la cama vestidos. La madrugada del 20 de marzo me despertó la alarma aérea. Me levanté de un sobresalto y le dije a mi compañero Raúl, ¡venga que ya ha empezado! Pero él ya estaba despierto, aún no había podido conciliar el sueño…

Se pusieron los cascos y los chalecos antibalas. ¿Y luego?
Observar. Era como un castillo de fuegos artificiales. Había un cielo azul que contrastaba con las balas trazadoras, las bombas, las explosiones, el ruido de los aviones… era como estar en medio de una película, cuando no recordabas que era una guerra… Una tarde, en el Hotel, sin luz, parecía que alguien llamaba a mi puerta, pero me levanté y no había nadie… eran los B52.

¿Muchas noches de insomnio…?
A la primera explosión abrías los ojos, a la segunda notabas como se movía la cama como se movía todo el hotel, y a la tercera ponías los pies a tierra, salías al pasadizo e intentabas poner el máximo número de paredes entre el exterior y tú.

Esperabais la llegada de los Marines norteamericanos… como en las películas…
Sí, pensamos que su llegada sería el final de ese infierno. Incluso José Couso, cuando comíamos juntos, me decía “¿tú cuando te irás?” Y yo le decía: a la que vea el primer marine me voy. “Yo también, yo también” me contestó…

¿Lo mataron con premeditación y alevosía?
No. Lo primero que pensé es que dispararon los iraquíes, quizás no de manera intencionada. Couso, cuando aún vivía, dijo que había sido el tanque… No quisimos señalar a los americanos, pero es lo que pasó. A Taras Protsyuk, el cámara ucraniano, el obús se lo llevó por delante y quedó destrozado. A pesar de las evidencias, creo que fue un grave error.

¿Por qué está tan seguro que fue un accidente?
Seguramente éramos testimonios incómodos dentro de Bagdad, pero ¡las imágenes de la Guerra ya habían sido emitidas! El tanque disparó a 400 metros del centro de la capital. ¡La invasión estaba acabada! Si hubiesen querido sacarnos lo hubieran hecho al principio de la guerra y no al final… Quizás es lo que quiero creer. A lo mejor no quiero pensar que en una situación parecida pueda convertirme en un objetivo…

Usted ha visto sufrimiento y sabe lo que es. ¿Qué piensa cuando llega a una ciudad como Barcelona?
Me doy cuenta de las envidias y el egoísmo que existe en el mundo occidental… ¡He conocido personas que no teniendo nada lo quieren compartir!. En lugar de llevar a los niños a estudiar inglés a Londres, les podríamos llevar a los países que sufren y a lo mejor haríamos mejores personas.

Y, por curiosidad… ¿Qué son los famosos daños colaterales?
Civiles muertos.

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